La Escuela del Estiércol y el Último Diente.
I. El Maestro y el Diente que Cae . Llegué a un sendero que Viejo me había indicado, consumido por la fe agria. Había confiado en Buda, en el maestro interior, en todas las promesas de un mundo mejor, y el precio fue la pérdida: perdí la calma, perdí la convicción y, casi, perdí el último diente . Me lo extrajo un dolor punzante, pero no físico: fue el dolor de saber, con una certeza metálica, que el cielo azul miente . Pedía felicidad a Viejo, esa cosa mullida que la gente cree merecer. Él, en cambio, con la risa contenida y balbuceando con lengua de trapo, devolvía la imagen de la Muerte, que yo había visto bailar obscena y feliz en el techo cuando tenía siete años. “¿Qué más quieres de mí, bandolero maestro ,” reproché una tarde, “si a quien pido sosiego me habla de vacío?” Me invitó a pasar a su refugio, que él llamaba Anecúmene . No era un ashram ni una cueva mística. Toda una pocilga en su esplendor. Una casa de piedra metida en lo profundo, don...