Manual para escapar de una oficina que no existe (un cuento).

(un cuento).

Mi jefe me regaló un libro. No por cumpleaños ni por buen desempeño sino porque me vio llorar en el baño, con la frente apoyada en el espejo, repitiendo: “No me corresponde estar aquí” .

—Léete esto —dijo, dejando sobre mi escritorio un volumen titulado Kafka: por una literatura menor . —¿Es de autoayuda? —pregunté. 

—Mejor —dijo—. De auto-fuga .

Resulta que dos filósofos franceses —Deleuze y Guattari, nombres que suenan como marcas de queso— descubrieron que Kafka no era un pobre diablo atormentado sino un genio de la evasión . Según ellos, cada vez que K. habla con un guardián de la Ley, no está suplicando: está saboteando desde dentro . Cada carta a Felice no es angustia amorosa, sino una línea de fuga . Hasta La metamorfosis es, en el fondo, “una estrategia corporal para escapar del trabajo asalariado”.

Me entusiasmé. ¡Por fin una salida! Si Kafka podía convertir su condena en máquina de fuga, yo podía convertir mi oficina —con sus memorandos circulares, cafés fríos y jefes que firman sin leer— en un túnel hacia la libertad .


Empecé pequeño. Cada vez que me pedían un informe, escribía frases sin sentido, pero con muy buena ortografía.

“El expediente 451-B no existe, pero su ausencia es funcional al sistema”.

“La solicitud fue denegada antes de ser presentada, lo cual optimiza tiempos.” 

Pensé: esto es desterritorialización del lenguaje burocrático . Mi jefe leyó asintió y dijo: —Excelente. Sube esto al portal de transparencia. Y así, mis intentos de fuga se convirtieron en contenido oficial .

No me desanimé. Leí más. Descubrí que, para Deleuze y Guattari, todo puede ser línea de fuga: un rumor, un acento, un silencio. Así que empecé a hablar con acento cubano (nunca he estado en Cuba). A tararear calipso en las reuniones. A firmar mis correos con: “Atentamente, el insecto del tercer piso” .

Nadie notó nada. Peor: mi jefe me felicitó por mi “diversidad cultural”.


Entonces recordé a Lacan. No el Lacan de los seminarios imposibles, sino el que dijo algo simple y brutal:

“El inconsciente está estructurado como un lenguaje… pero el lenguaje no te escucha”. 

Me estremecí. ¿Y si mi fuga no era fuga, sino el último gesto del sistema para hacerme creer que tengo salida ? ¿Y si, al convertir mi desolación en “estrategia”, no estaba escapando… sino cumpliendo el último deber del funcionario: hacer creer que el sistema permite la rebeldía ?

Lacan también dijo:

“No hay relación sexual”.

Pero en mi oficina, eso se traducía como: “No hay relación laboral”. Todos fingimos que trabajamos. Todos fingimos que mandan. Todos fingimos que hay un orden. Pero en el fondo, nadie sabe quién manda, ni por qué, ni para qué .

Así que decidí hacer lo más radical: dejar de fingir .


Dejé de entregar informes, asistir a reuniones, de responder correos. Me sentaba en mi escritorio, miraba la pared y escribía en un cuaderno:

“No me corresponde estar aquí”.

“No me corresponde estar aquí”.

“No me corresponde estar aquí”. 

Pensé: esto es testimonio negativo. Esto es Kafka puro. Esto no puede ser domesticado .

Pero al tercer día, mi jefe entró, sonriendo y dijo: 

—¡Ah! Estás en la fase de innovación disruptiva . 

—No —dije—. Estoy constatando mi imposibilidad de pertenecer. 

—¡Exacto! —exclamó—. Eso es pensamiento de diseño . Te ascendemos a Coordinador de Experiencias Existenciales .

Me dieron una oficina más grande. Un título en acrílico. Y la orden de capacitar a otros funcionarios en “la fuga kafkiana como herramienta de gestión” .


Ahora doy talleres. Enseño a los nuevos empleados a escribir cartas como Kafka, a sentirse insectos, a perderse en laberintos burocráticos… Todo, claro, con fines de productividad emocional .

La empresa incluso lanzó un curso online:

“De la angustia al KPI: cómo convertir tu desolación en valor agregado.” 

Y yo, el Coordinador de Experiencias Existenciales, firmo cada certificado con una frase de Kafka:

“Lo que escribí, no debía ser escrito”. 

Nadie nota la ironía. O peor: la celebran como “autenticidad” .


Ayer recibí un paquete. Sin remitente. Dentro un cuaderno idéntico al mío. En la primera página una sola frase escrita a mano:

"Gracias por domesticar mi horror. Ahora puedo ser citado en manuales de recursos humanos".

—Firma: Franz Kafka (póstumo, pero contento). 

Reí. Lloré. Y luego como buen funcionario llené el formato de ingreso de material no registrado y lo archivado bajo:

“Insumos para el Taller de Fuga Auténtica – Nivel Avanzado”. 

Porque al final descubrirá la verdad más kafkiana de todas:

No se puede no ser recurso.

Hasta la ruina si es lo suficientemente elegante se convierte en estrategia. 

Y lo peor no es que me hayan domesticado. Es que ahora soy yo quien domestica a los demás .

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Que buen cuento Jaad aunque se aparte de tu estilo. PP
Anónimo ha dicho que…
Usted es un maestro del género. Tú alumno y lector, el abakuá aprendiz. Un saludo, profe. Jesús el ambia.
Anónimo ha dicho que…
El maestro que nos enseñó a escribir cuentos, carái, Aquí se baja con algo diferente, me quedé loco pero lo disfrute mucho. Tu socio, Óscar el javao de la causa.
Anónimo ha dicho que…
Buen cuento.

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