La Escuela del Estiércol.
Llegué al sitio que el Viejo llamaba Anecúmene , tierra de lo deshecho y región desconocida para el humano. Buscaba la paz que se promete a quienes confían en Buda, pero él, un "bandolero maestro" con orejotas de punta a punta del universo, solo me ofreció la misma visión que tuve a los siete años: la muerte bailando, obscena y feliz en el techo. Pedí felicidad. Él, oliendo a grajo y contradicción, habló del hueso que le sobra a la sonrisa y sentenció, categórico: "La compasión es el último cacharro que debes romper". La ilusión tardó en morir. Cayó como el último diente , sabiendo ya que el cielo azul, esa mentira hermosa de mi infancia, había sido un engaño. El Viejo decretó: "Anecúmene eres tú." La iniciación no se basaba en textos sutiles sino en la brutal simplicidad de la materia. Ordenó limpiar la cocina, fregar letrinas y amontonar el estiércol , todo esto para sustraerme del dolor. Viví en la fragua, hirviendo, con los desheredados y los prófugos...