Tres microcuentos.
1 . No rezó. No visualizó abundancia. Solo se agachó, limpió el huevo roto en el suelo del supermercado y siguió caminando. Alguien le gritó que lo hiciera bien. Él asintió. No por obediencia. Simplemente ya no necesitaba decir que no. 2 . Le dijeron que el amor era dopamina. Lo creyó. Hasta que su abuela murió y al tocar su frente fría, sintió un dolor que ninguna molécula explicaba. Entonces supo: el amor es lo que queda cuando la química se calla. 3 . “Tu poema no tiene fin”, escribió en la pared del baño comunitario. A la mañana siguiente, otra mano escribió: “Gracias. Hoy compartí mi pan”. Nadie firmó. Nadie redimió. Solo cuerpos que no mintieron sobre la mezcla.