"Croqueta nueva en aceite viejo: notas kafkianas sobre la condena de escribir".
Después de darle vueltas a mi propia ignorancia, decidí integrar el post anterior y los comentarios que generó en el siguiente texto como respuesta y reflexión. Después, en venideros posts, seguiré publicando la continuación del ensayo.
Trazos que responden implícitamente a las preguntas que surgen por entre los intersticios:
1) La escritura como condena y el amor como imposibilidad.
Kafka no escribe para comunicar ni para crear ni siquiera para entender. Escribe porque la vida le fue retirada como posibilidad y la escritura será el único modo de constatar esa retirada. No es un acto de afirmación, sino de testimonio negativo. Escribir, para Kafka, no es construir sino derrumbar. No es decir sino desdecir. No es vivir sino prepararse para no haber vivido.
Aquí radica la paradoja señalada por uno de los comentarios --¡todos anónimos!-: ¿no es esa negación, en sí misma, una forma de afirmación? Sí —pero una afirmación sin sujeto. No es Kafka quien afirma, sino la escritura que lo atraviesa. Y dicha escritura no dice “yo existo”, sino “aquí hubo alguien que no pudo existir”. Es una afirmación fantasmal, una presencia que se anuncia como ausencia.
Blanchot lo dice así: el escritor no es autor sino lugar de paso. Por esto Kafka quería que sus textos fueran quemados. No por modestia sino porque sabía que su obra no era suya y que su existencia pública la convertiría en mentira. La única verdad posible era la del gesto privado, nocturno, condenado al fracaso desde el inicio.
2) El amor como texto, el texto como desaparición del otro.
¿Kafka rechaza el amor por misantropía o porque el amor exige una presencia que la escritura le arrebata?
No puede amar en la vida porque su vida fue colonizada por la escritura. Lo que queda es el amor en la carta: un amor que no toca, que no abraza, que no comparte una cama sino que se despliega en páginas que sustituyen el cuerpo del otro.
Y en dicha sustitución, el otro desaparece. Felice no es mujer sino destinataria textual, quizá un "lector modelo". Su rostro se borra bajo la tinta. Sus gestos se convierten en motivos literarios. El beso de compromiso provoca un “horrible estremecimiento” no porque Kafka no la ame sino porque el beso amenaza con devolverlo al mundo, al cuerpo, a la normalidad… y eso equivaldría a la muerte de la escritura.
Blanchot tal vez acierta: las relaciones de Kafka “se establecen primero y sobre todo en el nivel de las palabras escritas”. Pero esto no es romanticismo epistolar; es una forma de aniquilación simbólica. El amor no fracasa por inmadurez sino porque la escritura lo convierte en imposible desde el principio. No hay salvación en el amor porque el amor exige una vida que el escritor ya ha entregado a la palabra.
3) ¿Dónde está la salvación? ¿Hay salvación?
Uno de los comentarios en el post anterior pregunta: “¿Dónde se sitúa esa salvación que propones?”
Pero, "yo" no propongo salvación. Y aquí soy "fiel" a Kafka.
No hay salvación en Kafka. Ni en la ley ni en el amor ni en la escritura. De ahí que se diga que solo encontramos una constatación. Y a veces, esta constatación es lo más cercano a la verdad que un ser humano puede alcanzar.
Constatación de la imposibilidad de pertenecer al mundo.
Pero, la constatación no se trata de una revelación mística ni de un "descubrimiento filosófico" ni siquiera de una emoción. Se trata de una constatación más modesta y desoladora: el reconocimiento de que uno está fuera de lugar, sin saber por qué y sin posibilidad de regresar.
Otro comentario anónimo sugiere que al desmantelar el mundo, Kafka “forja un espacio de palabra pura”. Tal vez. Pero esa palabra pura no lo redime; sólo deja en evidencia la ruina. Parecido a derrumbar una casa para descubrir que nunca tuvo cimientos. La “construcción” no es un refugio, sino el acto mismo de mostrar que no hay dónde refugiarse.
Cuando escribas de noche, con angustia, con la sensación de repetir lo ya dicho (“croqueta nueva en aceite viejo”) no busques originalidad sino fidelidad. ¿Caigo en la retórica? No, si entiendo por fidelidad la experiencia en la que el acto de escribir de por sí significa ya estar condenado… pero también "escribir" es lo único que nos queda para decir: estuve aquí, aunque nadie lo crea, aunque yo mismo no lo crea.
Conclusión: la escritura como testimonio de la imposibilidad.
Kafka es mucho más que un escritor. Cifra el nombre de una crisis: la crisis de la representación, de la ley, del amor, del yo.
Maurice Blanchot no lo interpreta; lo deja resonar en el silencio, su silencio.
Y "yo", este autor, tampoco quiero explicarlo sino habitarlo.
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