Diálogo entre Kafka y Blanchot.
El presente divertimento en "serio" fue concebido para el blog, y está fuera del ensayo.
Kafka:
Escribo de noche cuando la angustia no me deja dormir. Sólo conozco ésta. Y me parece muy claro lo que tiene de diabólica. Es la vanidad y la concupiscencia que no dejan de girar en torno a mi persona y de gozar con ello.
Blanchot:
Pero no es tu persona la que escribe. Es algo que pasa a través de ti. La escritura no te pertenece. No es tuya. Tú no eres su dueño sino su huésped. Escribir no es un acto de voluntad, sino una pasividad: te deja escribir.
Kafka:
Tienes razón. A veces leo lo que he escrito y no lo reconozco. Me parece ajeno. Como si otro lo hubiera escrito. Incluso La metamorfosis, que algunos consideran mi obra más lograda, me repugna. Me parece mala. Final ilegible. Casi radicalmente imperfecto.
Blanchot:
Precisamente por eso es verdadera. Porque no busca la perfección. Busca el límite. La obra auténtica no es la que se cierra sino la que se interrumpe. La que queda en suspenso. Como tu Castillo, que nunca termina, porque el camino hacia el castillo es infinito y el castillo, tal vez, no existe.
Kafka:
Nunca quise que mis libros se publicaran. Pedí a Max Brod que lo quemara todo. Él no me obedeció. ¿Qué derecho tenía?
Blanchot:
Ninguno. Y todos. Porque la obra, una vez escrita, ya no te pertenece. Brod no te traicionó; Cumplió con la ley secreta de la literatura: que lo escrito debe sobrevivir al escritor. Pero al hacerlo, se convirtió en tu secreto en espectáculo. Humanizó tu angustia. Hizo de ti un mártir, un santo, un profeta. Y tú no eras nada de eso. Eres el que escribe desde la ruina.
Kafka:
Sí. Escribir era mi forma de no vivir. Cada carta a Felice, cada relato, cada nota en el diario, era un intento de escapar de la vida. Y al mismo tiempo, el único modo de estar en ella.
Blanchot:
Escribías cartas de amor como si fueran relatos. Y relatos como si fueran confesiones. En tus cartas a Milena, dice: “Sólo sé lo que se quiere en la proximidad: silencio, oscuridad, enterrar” . Escribir, para ti, era un acto de enterramiento. No de ocultación sino de presencia en la ausencia.
Kafka:
El amor era imposible. No porque no lo deseara sino porque sólo podía amar a través de la escritura. Y en la escritura, el otro no está. Está su nombre. Su ausencia. Su eco.
Blanchot:
Por eso tus personajes no tienen rostro. K. no es un hombre. Es una letra. Un lugar vacío. Alguien que quiere entrar, que insiste, que pregunta, que exige justicia. Pero la justicia no existe. Sólo existe la ley, opaca, inaccesible, sin origen. Como en El proceso, donde se juzga sin juicio, se condena sin delito.
Kafka:
La culpa es anterior al crimen. Uno es culpable por existir. Por preguntar. Por querer saber. El tribunal no está en un lugar. Está en el aire. En la mirada del vecino. En la carta que llega sin remitente.
Blanchot:
Y tú, al escribir, estabas en ese tribunal. No como acusado sino como escribano. Anotabas el proceso sin entenderlo. Como el funcionario que copia un texto sin leerlo. Esa es la condición del escritor moderno: escribir sin creer en la verdad, sin fe en el sentido, sin esperanza en la redención.
Kafka:
A veces sentí que escribir era la única forma de salvarme. “Si no me salva en un trabajo… estoy perdido”. Pero luego, al releer, pensaba: este trabajo no me salva. Me condena. Porque no es un puente hacia la vida, sino un túnel hacia la nada.
Blanchot:
Y sin embargo, en ese túnel, brillaba algo. No la esperanza, sino lo que llamas “la aptitud para morir contento” . No alegría sino paz. La paz de quien ha dejado de luchar. De quien acepta que no hay salida, y por eso, por fin, puede escribir.
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